El Quincenal de Hungría
Iván el terrible ¿Ser hispano?      

A Jóvenes hispanos, por Teresa De la Vega

Dos Idiomas


Antes de empezar a contar algunas anécdotas y sucesos que le ocurrieron a mi hijo, mitad húngaro y mitad español, voy a escribir unas palabras muy en serio, para todas aquellas personas a las que se les está presentando ahora una situación parecida. Si queremos que nuestros hijos aprendan nuestra lengua viviendo en un país diferente, normalmente el del otro cónyuge aunque a veces puede ser incluso en un tercer país, yo diría que casi lo único que hay que hacer es hablar con ellos en nuestro idioma. Hablar siempre, cantarles canciones, leerles cuentos, incluso ver la tv alguna vez en ese idioma, mantener el contacto con la familia de ese otro país lejano, ya sea por mail, por carta, enviando y recibiendo paquetes, cocinar nuestros platos típicos y explicar los ingredientes, si se puede, juntarse con otros niños y sus padres que hablen el mismo idioma. Hablar no como si fuera una clase, sino simplemente porque es así como nosotros hablamos. Y luego, si es posible, debería de serlo pero no siempre lo es, contar con el apoyo de nuestro cónyuge sobre todo, y a veces también de su familia, principalmente suegras y suegros. Que aunque no nos entiendan o nos entiendan mal, no se sientan ofendidos, o dejados de lado o incluso que sospechen que no queremos que se enteren de lo que estamos hablando (de todo hay, he conocido varios casos así). Si esto lo conseguimos, no habrá ningún problema en que nuestros hijos sean bilingües.

Desde que volví a casa con mi bebé siempre le hablé en español. Bueno, antes también, cuando me lo entregaban en el hospital para darle de mamar. En aquellos tiempos, nuestra casa a medio terminar estaba muy en las afueras de Budapest. Hoy en día ya casi no se puede decir que sean las afueras. No teníamos ni teléfono, ni tv, solo la radio en húngaro. Mi marido se iba a trabajar y yo me quedaba sola con Dani, hablándole en español. Le sacaba en el cochecito a la calle a pasear a ver si pasaba alguien y de vez en cuando pasaba y nos hablaba naturalmente en húngaro. Yo era un poco la atracción con mi pelo negro y mi niño rubio, de los escasos vecinos que vivían en los alrededores. Cuando mi marido volvía por la tarde hablaba a su hijo naturalmente en húngaro. Y así pasó el tiempo y después de cumplir lo dos años y medio volví a trabajar por 6 horas. En la bőlcsőde (casa cuna), Daniel hablaba muy poco y en casa también y más bien en español. Les expliqué a las maestras que si decía agua, quería decir viz (fue su primera palabra) y si decía no, era nem y sí, era igen.

Después de unos pocos días difíciles se adaptó muy bien Le llamaban Danielito porque ya había otros Danis y Danieles. Me hizo gracia un día en el que al preguntarle por la comida me dijo “Esta leves no jó.” Al cumplir los 4 años nos fuimos a Alcalá de Henares cerca de Madrid a causa del trabajo en la universidad de mi marido. Los primeros días hablaba poco, a veces a mi padre le preguntaba cosas en húngaro, porque la del español era yo. Aún no se había dado cuenta de que allí todos hablaban en español., Pero rápidamente se adaptó al medio y al nuevo colegio donde le llamaban el hungarito y le querían mucho. Alcalá de Henares aunque es ciudad universitaria es un pueblo sobre todo la parte antigua donde vivíamos y como iba al colegio del barrio que era el que le correspondía, también aprendió a hablar gramáticamente mal como muchos de los demás niños de esa zona. Me hacía mucha gracia y eso se corrige después.

La vuelta a los 6 años fue más difícil. No por el idioma, pues siempre habló húngaro con su padre, sino por la forma de vida y la pedagogía del nuevo colegio, tanto más estricta que en España, sobre todo en lo referente al orden y a las reglas. Por otro lado al ser el sistema diferente, él ya sabía leer y escribir en español y un poco los números y eso no gustó. Las diferencias no estaban bien vistas y querían mandarle de vuelta a la óvoda “para que olvidara lo aprendido” digo yo. Hubo sus más y sus menos,me negué en redondo, nos mandaron al psicólogo y al final se arregló el asunto dentro de lo que cabe. De esa época puedo contar dos anécdotas graciosas.

Una vez hubo una fiesta en el colegio o quizás no fue una fiesta sino que fue el fotógrafo a hacerles una foto de grupo. Había que llevarle con la mejor ropa, es lo que me dijo Daniel. Le puse un pantalón azul con jersey a juego que tenía en la pechera dibujado un Mickey Mouse. Era nuevo y muy bonito y gracioso y para la Hungría de entonces una novedad. Se enfadaron. Le dijeron que tenía que haber ido vestido como un miniszter úr o sea un señor ministro, lo que quería decir pantalón oscuro, camisa blanca y corbata de pajarita. Pobre Dani, qué mal lo pasó y cómo desentonó en el grupo con su Mickey Mouse infantil. Resulta que se habían pasado en un abrir y cerrar de ojos, del uniforme de los pioneros con su pañuelo azul o rojo según la edad anudado sobre la camisa blanca al miniszter úr con corbata. Otro día me contó y ésto pasó antes pero me lo explicó entonces, que de más pequeño siempre creyó que las mamás hablaban de un forma y los papás y las demás personas de otra y que cuando empezó a conocer a las familias de otros niños y a ver que su mamás también hablaban en húngaro se asombró mucho.

A mi me parece recordar que a veces le daba vergüenza cuando iba a buscarle y le hablaba en español y los otros le miraban. Esta claro, lo de querer ser diferente o presumir de ello, viene después. De pequeños los niños prefieren ser iguales a los demás. Habría más anécdotas que ahora no recuerdo. Daniel fue feliz en sus colegios públicos de primaria y secundaria junto con todos los niños húngaros, colegios de los que tengo la mejor opinión. Terminó la universidad sin ningún problema lingüístico y sï con un certificado superior de idioma español al que aquí se le da mucha importancia, con todos sus sellos y escarapelas y que en realidad no le costó prácticamente nada conseguir, por la sencilla razón de que yo había hablado siempre con él en español.

Imagen: De la Vega

 + Teresa De la Vega

Madrileña. Vive en Budapest desde 1975. Su marido es húngaro y tiene un hijo de 24 años. Es profesora de preescolar titulada en Stuttgart.
Trabajó unos 12 años en la Federación Mundial de la Juventud Democrática, como traductora-intérprete de inglés-español. Le gusta escribir y ha publicado algunos cuentos, artículos y libros para niños.
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